El sábado decidimos con Agos ir a un spa. No suelo hacer este tipo de planes, así que estaba como perro con dos colas, pensando en sacarme el estres que vengo arrastrando hace meses.
No se si fue lo que logré precisamente, pero aprendí algunas cosas:
Si te venden un “circuito de aguas” te están cobrando por usar la pileta.
El sauna es una tortura, no se a quien se le ocurrió meterse en un cuadrado de dos por dos, a cincuenta grados y seguramente lleno de chivo.
Si giras muy fuerte la manija de la habitación, podes romper el marco de la puerta y sacarlo de lugar. Pero ojo, entre risas y piñas se arregla, nadie se da cuenta.
En la habitación te ponen los chocolates más ricos afuera, y te los cobran cinco veces su valor. Casi caigo, Agos me salvó.
Si se te queda sin batería el auto, llamas al seguro y viene una camioneta salvadora a cambiártela, tienen hasta posnet para que la compres.
En el desayuno, la gente come como sino hubiera un mañana, y cuando cierran sigue habiendo mucha comida, estoy segura que la reciclan para el día siguiente, que asco.
Por último como soy chusma y me gusta observar a la gente, vi una situación terrible: una familia de tres, padre, madre y nenita, almorzando. La niña con el celular, los padres también, no se hablaron en toda la comida, hasta que.. El padre abre instagram, hace una historia del lujoso hotel, la madre agarra la nena, sonríen a cámara, sube la historia y todos vuelven a sus puestos.
Cuando veo ese tipo de historias me da envidia, quiero ser esa familia feliz ¿Ustedes no? Se que el Instagram refleja una realidad distorsionada, pero verlo así, en vivo, me encanta.
Hoy escribí desde la oscuridad, me gusta el lado negro de la vida.