Día del amigo

21 de julio de 202610 min de lectura

Estoy promocionando mi libro “lo real y lo otro”, editorial Orsai. Hice una pequeña votación de temáticas, puse: amistad, humor, amor y terror. Me di cuenta que es el día del amigo, así que no hay tal votación y doy por ganada amistad.

Les dejo un relato de mi libro, el que ya esta a la venta ;). Espero que lo disfruten:

Punto violeta

Hay determinadas personas que conectan a niveles inexplicables. Me lo imagino como un punto violeta en el medio del cerebro. Las une el mismo, logran entenderse sin hablar. Este punto puede ser diferente según quien lo lleve. A algunos se les da a través del humor, otros por las pasiones, por la forma de ver el mundo, o por la maldad, sintiéndose cómplices y especiales ante alguna situación. Se nos activa poniéndose violeta oscuro con determinada gente, sentimos como si los conociéramos de toda la vida. Con el paso del tiempo, logramos ver dónde empezó todo, esa primera chispita. No estoy hablando del amor romántico —aunque podría serlo—, ese no es mi campo, pero sí de amistad. Puedo identificar al menos dos de estos puntos en mi vida.

Ojo: no hay que confundirse, que tu círculo violeta sea igual al del otro es extremadamente difícil. Si tenés alguna conexión así, y espero que la tengas, sabés que no son más de tres o cuatro las que aparecen y se quedan a lo largo de la vida. En este tipo de vínculo no hay filtros, la confianza es plena: la pelotudez que estás pensando, el otro ya la pensó. Tenés momentos donde no te aguantás más, intuís las respuestas, y otros donde te salva, es tu punto violeta dentro de un montón de gente.

Tefi es uno de esos en mi vida. En este momento estamos lejos, vivimos en diferentes provincias. Esto genera más vacaciones de lo habitual. Cada cuatro meses me tiene en su casa. Nos unen varios puntos violetas, la forma de ver el mundo es una. En una reunión, luego de leer a las personas, solemos tener las mismas conclusiones. Nos pasa con el humor, y sobre todo con lo que no es correcto decir, se nos cruzan las mismas maldades. Nos conocemos hace más de quince años. Compartimos vacaciones, salidas, durmió en casa más que cualquier novio, y sabe todos mis secretos. Hay algo en ese punto violeta que hace que nos tratemos como familia, que nos pongamos contentas una por la otra, y que cuando una está haciendo una pelotudez, la otra se lo pueda decir sin filtros.

La unión de nuestras cabezas es tan fuerte que podemos desaparecer por semanas y hablar por teléfono durante horas, como si nada hubiera pasado. Pero hubo una vez en particular que nos fuimos a la mierda. Este punto violeta llegó a niveles inexplicables, y espero que puedas creer lo que te voy a relatar a continuación.

En 2022, estuvimos en el Morro, Brasil. En las duplas suele haber ciertos roles. Tefi ocupa el lugar de responsable, yo el de probar todo lo que esté alcance de mi mano. Había experimentado con drogas y hongos varias veces, pero qué mejor lugar para repetirlo que Brasil. Hasta mis veintiséis años, absolutamente todo lo que me metía en el cuerpo me daba pura felicidad, me convertía en una niña otra vez, y Tefi era mi madre. Luego mi cabeza se taró y no pudo consumir nada más, todo pasó a ser el infierno. En Brasil, me ocupé de conseguir una porción de hongos para cada una, envolverla bien y traerla en la valija directo desde Buenos Aires. Era mi regalo místico para esas vacaciones, Tefi nunca había probado, y como compartimos el amor por el mar, la naturaleza y básicamente el punto violeta, sentí que le iban a encantar. La primera vez que tomé, experimenté con diecinueve años el sentido de la vida. Después me lo olvidé, pero quería que ella pudiera vivirlo también.

Decididas a hundirnos en la experiencia, buscamos una playa con poca gente. Tengo un lado muy antisocial y sobre todo si estoy medio drogada, Tef no tanto. Encontramos nuestro lugarcito, abajo de un árbol, frente al mar. Hubiera ido más lejos, pero había que buscar un punto medio entre mi fobia social y las ganas de ver gente de Tef. Pusimos una mantita, nos sentamos, dejamos los celulares en el hotel, charlamos un rato, teníamos los hongos, el agua, la manta y un porro por las dudas.

Tefi miro los hongos con desconfianza, eran horribles y, si mal no recuerdo, se extraen de la caca de las vacas. Los comimos sin más, bajándolos con un poquito de agua. Todo sea por descubrir el sentido de la vida. Hacía calor, pero la sombra del árbol nos mantenía bien. Nos pusimos a charlar, a distraernos mientras esperábamos el efecto. Al rato empecé a ver absolutamente todo dibujado. Tef era una caricatura. Amo ese efecto, sucede cada vez que los ingiero. Las dos veíamos cómo la energía salía de todos los seres. Cada persona tenía una luz u oscuridad propia y los árboles emanaban ondas, lo mismo el mar. La charla empezó a ser delirante e insostenible, así que entre risas acordamos tirarnos en la arena y simplemente cerrar los ojos.

Miles de mandalas de colores comenzaron a aparecer en mi cabeza, recuerdos de la infancia. Podía entender quién era, qué hacía ahí en ese momento. Comencé a comprender «el sentido de la vida», el cual olvido cuando se pasa el efecto, y a perder totalmente el control de mi mente, cosa que, por ese entonces, disfrutaba por demás. Hasta que Tefi habló. Al principio tardé en entender lo que sucedía, no sé cuánto tiempo habremos estado perdidas en nuestras mentes. Me senté, la miré, no entendía qué le pasaba. Era un dibujito frotándose los ojos. Me decía que se había perdido en su cabeza, había visitado lugares de ella misma que no conocía, algunos llenos de luz y otros de oscuridad. Hasta que notó que el protector le entraba en los ojos. Tan grande fue la molestia que comenzó a ver el mar negro.

Para ese momento, éramos dos pendejas drogadas en el medio de la nada, sin celular, por suerte, y sin hablar portugués. No nos podíamos mover de la manta y Tefi estaba entrando en un mal viaje. Por culpa del protector, según ella. Luego entendimos: era un mal momento personal y los hongos lo estaban reflejando. Yo seguía en mi nube de felicidad, mientras a Tef no le paraban de llorar los ojos. Comprendí que era mi responsabilidad por drogarla y tenía que hacerla salir del mal viaje. Intenté hablarle, pero no podía hilar palabras, todo estaba dibujado, quería moverme, pero me distraía con la arena. Hasta que tuvimos la fantástica idea de ir hacia el agua, ya que el agua que Tef veía era negra.

No fueron más de diez metros, y el camino hasta ahí se hizo infinito. Nos distraían los árboles, la gente, la arena, nuestros pies, todo era alucinante, al menos para mí. Nos metimos en el agua, bollamos como dos morsas. Me empiezo a reír de la situación, le contagio la risa. Tefi descubrió que tenía una «pelota» en la garganta, la culpable de su llanto y la negrura del mar. Podríamos llamarlo angustia, lo visualizamos en forma de círculo. En ese preciso momento, aparece la conexión de la que hablaba. Le dije muy seriamente «pasame la bola», la sentí en la garganta, mis ojos se humedecieron y el mar se volvió negro. Tefi, por el contrario, estaba feliz. Las dos nos quedamos impresionadas por nuestro poder. Hundida por el efecto de los hongos, comencé a llorar, y ella a reírse. Hasta que hice fuerza y se lo volví a pasar. La miro y me río, veo cómo los ojos se le llenan de lágrimas, empieza a tener mocos y a ver todo negro. Comenzó entonces un ping pong entre nosotras, no podíamos parar de pasarnos la bola. A veces nos distraíamos hablando. La que la tenía se hacía la boluda, hasta que, sin que la otra sospechara, se la pasaba.

Estuvimos varias horas en el mar llorando y riéndonos, ninguna de las dos estaba en un buen momento personal. Esto se vio reflejado en ese viaje tragicómico. El agua pasaba de transparente a negra, yo seguía viendo todo dibujado, lo que hacía más gracioso el llanto de Tefi. Los peces nos pasaban por los pies y el sol comenzaba a caer poco a poco. La piel de los dedos se nos estaba arrugando, era hora de salir. No podíamos, habíamos descubierto un universo nuevo. Siempre encontramos la forma de conectarnos, pero ese día nos fuimos al carajo, queríamos aprovechar al máximo esta bola de llanto y mocos. El punto violeta estaba brillando.

Fue distinto a mis otros viajes, no conocimos el significado de la vida, pero sí aprendimos a conocernos más. Creamos una anécdota que si no fuera compartida sería imposible de creer, pero estamos seguras, ambas vivimos la misma experiencia. Cuando salimos del mar, Tefi comenzó a contarme de las puertas que había abierto en su cabeza, de la luz y la oscuridad. Yo la escuchaba, aún con la pelota en mi poder. No sabíamos cómo deshacernos de ella, había sido nuestra compañera por varias horas.

En ese preciso instante pasó una anciana, nos miró fijamente, parecía entenderlo todo. Nuestro punto violeta se tornó negro, ambas nos miramos, y sentimos la necesidad de pasarle la pelota, ¿podría llorar, enloquecer, morirse en este instante? Por suerte, el poder mágico de los hongos nos hizo recapacitar. Optamos por dejarla en la arena. Evitando así, una gran tragedia.