Realico y Alvear

28 de mayo de 20265 min de lectura

Últimamente tengo una obsesión con los loops: cosas o acciones que se repiten, sin que uno se de cuenta, hasta estar dentro del bucle.

En lo particular me pasa de diversas maneras: repito sueños, días, formas de relacionarme, hasta la misma rutina para darme una ducha. Algunos bucles son para psicóloga, y otros, por el contrario, me mejoran la vida.

Hace un par de días estoy en Mendoza, lo cual también viene siendo un loop, ya que, estoy yendo y viniendo cada tres o cuatro meses. Este por ahora venía siendo “de los que me mejoran la vida” hasta esta última vez, que me percate de un bucle de mierda dentro del bucle mendocino.

Comienzo entonces a explicar mi trágico descubrimiento: al principio venia en avión, pero descubrí que, diez horas en auto con mi cabeza pueden ser divertidas, y bastante más económicas, así que cambie el avión por el auto. La primera vez, vine con una amiga, se nos pasó rápido, fuimos charlando, tranquilas, hasta la ruta que va desde Realico hasta Alvear, allí todo cambió.

Entre mates y podcast, íbamos admirando el paisaje, que se vuelve más amplio, la ruta sube y baja constantemente, es hipnótico. Visualizamos algo a lo lejos, era una perdiz. Una maldita perdiz que tenía todo el campo de mundo, pero ¡estaba en la ruta! Sin poder esquivarla, cerré los ojos y se estampó contra el auto. El silencio nos inundo, habíamos atropellado a un bicho enorme, seguramente hasta con familia, nos quedamos traumadas la hora y media que restaba de camino.

Pasaron los días, y dejamos el incidente atrás, ya había lavado el auto, nada quedaba de la pobre ave. Me dediqué a disfrutar mi estadía, la culpa se había esfumado, fue algo pasajero, o eso creía.

Me tocó volver a Buenos Aires sola, así que, me baje música, varios podcast y me preparé para disfrutar del viaje. Me encontraba escuchando “la formula podcast”, de vuelta entre Alvear y Realico, cuando veo un pequeña cosa en la ruta, lejos, no tan lejos. Para ese momento el velocímetro marcaba los 160km por hora, empecé a disminuir la velocidad lo más rápido que pude, fue imposible. Sentí otra vez el impacto.

Estuve a punto de llorar, había matado dos perdices en menos de quince días. Pase la hora siguiente torturándome por no haberla esquivado, aún sabiendo que era imposible. Luego opte por perdonarme, y seguí viaje, con un podcast de humor.

Pasados tres meses de estas dos muertes, y ya en Buenos Aires, había olvidado los incidentes por completo. Agarré el auto nuevamente, y partí para Mendoza, esta vez acompañada. El viaje fue tranquilo, también con charlas, podcast y mates, ansiosa por llegar a Realico y Alvear, ¡cambiar por fin de paisaje!

Llegamos a ese tramo y empecé a fantasear con el Daytona, siento que estoy jugando cada vez que manejo por acá. Hasta que otra vez, el mismo bucle, veo una cosa chiquita en la ruta, empiezo a bajar la velocidad, pero es imposible ¡la maldita perdiz otra vez! La estampé contra el auto y ahí mismo entendí: es inevitable. Cada vez que pase por ese camino voy a matar una, me guste o no.

Ahora en Mendoza, escribiendo este loop me di cuenta de otra cosa, la primera vez que vinimos en auto con mis amigas, hace más de siete años, en esa misma ruta, ¡matamos una perdiz! ¿Ahí habrá comenzado todo?

El mundo me esta metiendo en un bucle de muerte y culpa. No como animales, aunque si los mato con el auto. Pero ¿Cómo explicar qué no es mi culpa, qué es solamente un giro de la vida? ¿Saldré de este loop sin darme cuenta? Así como salí de las relaciones de mierda un día, como cambié de camino para ir al trabajo después de años, ¿Haré tres, cuatro, hasta cinco viajes más matando perdices, y al sexto la vida se cansará y lo cambiará? Si fuera psicóloga me diría que no me estoy haciendo cargo de las cosas, pero como no lo soy, se lo atribuyo al universo y al destino.