Hoy experimente algo nuevo, simple, al parecer fácil, aunque jamás me había atrevido hasta el día de hoy: salir a correr sin auriculares. En mi imaginario hay o había varias cuestiones por las que jamás hice esto. En primer lugar si me escucho respirar me canso, en segundo, siento que pierdo la capacidad de desconectarme del entorno, y en tercero, aunque igual o más importante que las anteriores, tapo mis pensamientos con música.
El deporte me limpia, es como si le hiciera un reset a mi mente. Venia preocupa por el trabajo, con exceso de computadora y poca concentración. Quería escribir, desahogarme, pero sentía que con esa acumulación de pensamientos laborales de mierda no iba a poder hacerlo. Me cambié y cuando estaba por salir sentí la voz de mi cabeza desafiándome “a ver si te animas a salir sin auriculares”. La escuché, un poco porque a veces es sabia, y otro poco para tener un pie de que escribir luego.
Sali solo con el reloj, teniendo la ilusión de que así controlaba por lo menos la cantidad de kilómetros y la velocidad a la iba. Estaba desorientada, busqué ir por otro camino, fui para el lado contrario. Camine dos cuadras, y al empezar a correr me sentí desnuda, como si el mundo me observara tan solo por el hecho de no llevar auriculares, como si fuera un bicho extraño. Mi cabeza no me paraba de hablar, me cantaba una canción de Casi Angeles, al mismo tiempo que me recordaba todo lo que tengo que hacer para mañana, no tenía sentido. Tuve la sensación de que el primer kilómetro pasaba lento, muy lento, mi respiración me hacia sentir agotada.
Comencé a prestar atención al barrio, el mismo barrio donde vivo hace ya 30 años, y aunque es hermoso, últimamente no lo veo así. Me deprime, parece triste o por ahí yo parezco triste. Mi cabeza me empezó a hablar de encierro, me dice que ya corrió tantas veces por ahí, que no le divierte. ¿Era por esto que nunca salí sin música?
Miré el reloj, iban tres kilómetros y me estaba muriendo. ¿Por qué me pasa esto si en general corro más de ocho? Es como si escucharme me hiciera ir más lento, cansarme más, el piloto automático de correr no funciona sin música. ¿Podré cambiar esto? Otra vez mis pensamientos, me hablaban de todas las cosas que quiero cambiar y elijo poner música. ¿Qué linda es la música, no?
Al el kilómetro cuatro, no podía más. Paré el reloj, caminé. Automáticamente el cansancio se esfumó. ¿Quién entiende la cabeza? ¿Corremos con la mente o con el cuerpo? No me sentí tan mal, sinceramente pensé que no iba a aguantar ni tres.
Empecé a caminar, a mirar las casas, fantasee con la idea de irme, le perdí el encanto. Aunque suene cursi, me agradecí por no llevarme los auriculares, la tecnología me ahoga últimamente, vivo con estímulos. Seguí camino a casa, me quedaba un kilómetro para llegar. Pasé por una cuadra con más de cuatro camionetas 4×4, ¿a quién se le ocurre comprarse semejante cosa viviendo en el barrio con las calles más finas que existen? Siento que las 4×4 de los hombres, son como las operaciones de las mujeres con mucha plata. Es una fachada que tapa lo mal que estas con vos mismo. Espero nunca tener una, ni operarme, aunque me veo más queriendo tener una camioneta XXL que un culo nuevo.
Volví a pensar, le perdí el encanto al barrio. Las calles, las casas, los árboles, todo esta igual que hace ayer, que antes de ayer, que hace quince años. Si sigo corriendo dentro de estas treinta cuadras, voy a ser como los locos, esos que los ves en su cabeza repitiendo una y mil veces la misma acción, caminando por los mismos lugares con la mirada perdida. Es como si te chupara, como si hubiera algo energético que no te deja moverte del lugar donde naciste. Como si nos hubieran tirado en el puto pueblito y aunque sepamos que es tan fácil moverse, escapar, no lo hagamos. ¿Nos ponemos nuestros propios problemas? Yo creo que si, o por lo menos eso vengo sintiendo.
Leí un libro, medio de humor negro, ácido, donde remarcaba que odiosa se vuelve la rutina, como nos convertimos en una bola de mierda y mal humor. Lo terrible que es levantarte a la misma hora todos los días, ir al trabajo, ver las mismas caras, los mismos problemas. Hablaba de la sensación de sentirse extraño, de querer frenar a la gente en la calle, sacudirlos, decirles: “No te pasa lo mismo, ¿acaso esta forma de vivir no te parece una mierda?”
Coincido totalmente con el libro, aunque le quiero agregar un nuevo concepto: también se vuelve una mierda hacer lo que nos gusta rutinariamente. Salir a correr es hermoso, me resetea, pero ¿siempre por las mismas treinta cuadras? ¿Con el mismo paisaje? Hasta las rutinas positivas terminan siento una tortura. ¿O acaso es mi cabeza que no se conforma con nada?
Positividad por favor, que estoy juntando mierda. Hay algo en el cerebro, chiquito, que a veces no escuchamos, decile intuición, voz o como más te guste, que te da pistas. Hoy la mía fue “salí sin auriculares”, cambia algo alguna vez a tu rutina, movete. Me abrió una puertita, más adelante entenderé para que será.